Contra la mediación
25 mayo, 2011 - Lluís Bassets
Va con la época. El fetiche tecnológico demuestra su atractivo enorme a derecha e izquierda. En cada esquina surge la tentación de una explicación reduccionista de la marcha de la historia por los efectos del cambio tecnológico. La osadía es todavía mayor cuando pasamos de la explicación analítica a la aplicación de esas teorías simplificadoras. Donald Rumsfeld, el secretario de Defensa de Bush en el 11 S, predicaba un nuevo tipo de guerra en la que la tecnología sustituiría a la fuerza de la acumulación clásica de tropas: quería invadir Irak con muy pocos soldados, y eso sí, mucho dinero y mucha tecnología. Otros, en el otro lado del río ideológico, piensan que la tecnología es un instrumento de liberación y emancipación. Creen unos que las revueltas árabes se deben al teléfono móvil y a las redes sociales. Propugnan otros un nuevo tipo de periodismo y un nuevo tipo de acción política, e incluso de democracia, en el que la tecnología elimina las asperezas de la intermediación: eso es Wikileaks y eso son las protestas del 15M.
Poner en contacto directamente las fuentes con los ciudadanos permitía eludir la cadena de mediadores e intermediarios periodísticos, con sus intereses profesionales y empresariales, sus agendas y estrategias particulares, para no hablar de sus complicidades con el poder de los gobiernos y de las grandes multinacionales. Debían ser los ciudadanos, como sucede en los sistemas wiki, quienes nutrieran a Wikileaks con la aportación de su trabajo de lectura y selección de estos materiales en bruto puestos a su disposición, en una forma más de crowdsourcing o web 2.0 aplicada al periodismo.
Algo similar ha sucedido con las acampadas del 15M, donde la esencia de lo que se dilucidaba nada tenía que ver con el conjunto de circunstancias que han acompañado a las protestas: el altísimo nivel de paro juvenil, los problemas de vivienda, la insatisfacción por los recortes sociales, los sueldos y bonus de los directivos, las ayudas a los bancos y las zancadillas a los impositores… La propuesta que se ha pretendido construir estos días ha sido una forma de democracia directa, animada desde el uso de los móviles y de las redes sociales, como alternativa a la democracia representativa.
Uno de los tweets anunciaba como si fuera un programa en un ordenador la instalación de democracia 2.0 y, se supone, la desinstalación de democracia 1.0. La originalidad de la idea estriba en la aplicación del crowd sourcing a la política como alternativa a la política convencional de los partidos, con sus cuadros, dirigentes y parlamentarios, el ágora digital frente a las democracias parlamentarias y mediáticas.
Ambas experiencias tienen la brillantez de lo utópico, pero también su incapacidad para traducirse en efectos y resultados prácticos. Wikileaks necesitó de los medios tradicionales y de su experiencia para que estallara en toda su dimensión, que es extraordinaria, la filtración de los documentos secretos sobre las guerras de Irak y Afganistán, y de los cables del departamento de Estado.
No ha habido participación alguna del público en la ordenación y elaboración de contenidos, al contrario, ha sido el know-how de los periodistas tradicionales lo que ha permitido jerarquizar, analizar y finalmente publicar las informaciones más interesantes, que de otra forma hubieran quedado sepultadas en un caudal informe de datos.
Lo mismo ha ocurrido con las acampadas del 15M. Ha sido la cita electoral del 22M la que ha marcado el ritmo y la tensión políticas y mediáticas sobre las concentraciones, que han ofrecido una motivación o cobertura narrativa a los votantes descontentos para abstenerse, votar en blanco o hacer un voto de protesta. Directamente han podido favorecer a los votantes de opciones a la izquierda del PSOE, IU principalmente, pero indirectamente han favorecido al PP, que ha encontrado en las plazas el escaparate del descontento social que Zapatero ha sido incapaz de parar.
Incluso en la hipótesis de que no haya influido en el comportamiento de los votantes, no hay lugar a dudas de que ha sido el marco de ira social y política que ha acompañado a unas elecciones en las que el PP quería ver subrayado precisamente el descontento con el Gobierno y no la labor concreta de ayuntamientos y comunidades autónomas, que es donde se dilucidaba el reparto de poder.
La incapacidad de la protesta para traducir el brain storming de masas, el crowd sourcing, en actos políticos eficaces es lo que ha conducido apenas dos días después de las elecciones a que empiecen a languidecer las concentraciones y regrese al primer plazo el auténtico perfil político de la democracia representativa, en la que es el PP el que se está imponiendo como partido largamente hegemónico frente al hundimiento de la izquierda moderada.
Al despertar del sueño tecnológico, sea el que sea, comprobamos que el fetiche tiene los pies de barro y nos vemos obligados de nuevo a hacer el mismo periodismo y la misma política de siempre. Es cierto que estas experiencias nos permiten sacar algunas lecciones para hacerlo mejor, sin anquilosarnos en el territorio conquistado y manteniendo siempre despierto el espíritu crítico acerca del mundo y de nosotros mismos. Pero el despertar nos hace ver que buscar la salvación en elementos exteriores, tecnológicos o no, forma parte de una mentalidad infantil tan vieja como la humanidad.