¿DEBE ESTADOS UNIDOS ABANDONAR A ISRAEL PARA SALVARLA?, SUGIERE MAQUIAVELO FRIEDMAN

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George Friedman lo ha vuelto a hacer.


Este polémico politólogo y asesor privado de inteligencia de numerosas personalidades y gobiernos, autor de "Los próximos cien años" (publicado el año pasado en español por Destino), acaba de sacar -por el momento sólo en inglés- la versión en corto: The Next Decadela próxima década.

Ahí se da el lujo de vaticinar no lo que ocurrirá en el mundo en un siglo sino a la vuelta de la esquina, en 2021. Y, como es costumbre en él, algunas de sus profecías quitan el hipo.

En "Los próximos cien años" Friedman auguraba que a pesar de las apariencias, de la crisis financiera y del terrorismo de Al Qaida (al que en su opinión le quedan dos telediarios), la hegemonía norteamericana no ha hecho más que empezar.

Y durará todo el siglo. Eso sí, es importante que durante la década que empieza este "imperio accidental", esta república condenada a dominar el mundo casi sin querer, según nos cuenta, asuma de una vez por todas su destino. Y las servidumbres maquiavélicas que ello comporta.

Friedman es famoso por la amoralidad de su visión, aunque él precisa que a veces la falta de escrúpulos en los medios es la mejor garantía de unos buenos fines.

Así pues saluda como a los mejores presidentes de la historia a Abraham Lincoln y Ronald Reagan, que en su opinión estuvieron dispuestos a cometer todas las tropelías que hiciera falta al servicio de sus inamovibles principios de fondo, que se resumían en preservar la grandeza de América.

En cambio abomina de George W. Bush como de un presidente excesivamente idealista, incluso sentimental, que casi se carga el país con sus "buenas intenciones".

Lo más fascinante (para los menos) y lo más alarmante (para los más) de Friedman es que no sigue ninguna pauta ideológica preconcebida. A nadie se le oculta que él es un hombre básicamente conservador, pero como profeta es ante todo un pragmático. Quizás por eso conserva siempre fresca y a punto la capacidad de provocar...y de vender muchos libros.

Pero no generaría el mismo interés ni la misma inquietud si en todo lo que dice no palpitara siempre un relámpago de verdad. Por ejemplo, cuando en The Next Decade no es que profetice, es que directamente recomienda, que Estados Unidos se distancie de Israel.

Que reduzca su ayuda económica y militar a este país y que sigilosamente, sin hacer muchas alharacas, enfríe esta alianza mientras se concentra en reforzar sus lazos por ejemplo con Pakistán y con Irán.

¿Toma bomba de relojería? ¿Es eso lo que va a ocurrir, como algunos ya se venían temiendo desde que Barack Obama puso el pie en la Casa Blanca? ¿Va Washington a abandonar a Jerusalén a su suerte?

Curioso consejo de dar por parte de Friedman, nacido en Hungría, hijo de supervivientes del Holocausto.

El caso es que Friedman el maquiavélico, el realpolitikólogo, el que no deja pasar ni una veleidad romántica porque cree que eso es algo que los imperios no se pueden permitir, dedica a la cuestión israelí una cantidad tan apreciable como apasionante de letra pequeña.

Si se es aficionado a leer entre líneas, puede surgir incluso una sospecha tremenda: ¿y si George Friedman está tratando de rendir el mejor servicio imaginable a la causa israelí, so pretexto de fingir que hace lo contrario?

Para empezar el hombre se molesta en dar un buen repaso a la ensalada de legitimidades históricas y políticas de la zona. Sin complejos y con claridad de ideas nos pone al día de quién es quién en Oriente Medio, y sobre todo de quién era en el momento de la dichosa partición de Palestina.

Quien quiera tiene así ocasión de enterarse de que la nación palestina no lo ha sido nunca y de que la tierra que tal pueblo perdió a manos de los primeros colonos judíos, antes incluso de la existencia de Israel, no era suya en propiedad sino que la tenían arrendada por los propietarios que se la vendieron a los sionistas, que a diferencia de ellos no compraban para ser terratenientes absentistas, sino para ir allí a quedarse, a trabajar y a vivir.

Los arrendatarios palestinos pagaron el pato, pero en origen era más un pato económico que nacional.

Luego está el oscuro magma de la descolonización, de los tratados Sykes-Picot, de la azarosa por no decir caprichosa invención de países enteros, como el Líbano, más el cúmulo de promesas envenenadas al mundo árabe, del que Friedman no deja de destacar que su apoyo real al pueblo palestino es inversamente proporcional a lo cerca que lo tiene.

Así Jordania se ha alegrado siempre casi más que Israel de que los palestinos lo pasen mal. Etc.

Quizás una de las conclusiones más interesantes a las que llega Friedman es que, contra lo que se suele creer,el antiamericanismo del mundo árabe no es una consecuencia del apoyo de Estados Unidos a Israel, sino su causa. Washington no habría tenido casi más remedio ante la amenaza que suponían por ejemplo la alianza de Egipto con la Unión Soviética.

Y otro tanto podría decirse de Israel, que tuvo en Francia su primera protectora y proveedora, y que también trató de interesar a Moscú, sin éxito.

Lo novedoso es que según Friedman ahora todo eso ha cambiado lo suficiente como para que la alianza Estados Unidos-Israel ya no salga a cuenta.

Porque el peligro ya no es la URSS sino el mundo árabe, donde la influencia norteamericana y la capacidad de dividir y enfrentar entre sí a potenciales enemigos se ve continuamente mermada por el conflicto de Oriente Medio.

Y porque la misma Israel, insiste Friedman, ya no necesita el apoyo norteamericano como antaño lo necesitaba: su existencia como Estado no peligra, algunos antiguos adversarios son ahora casi apoyos, es más, cuanto más tenga a los Estados Unidos detrás, más odiosa será para algunos y más estará en su punto de mira, sugiere el astuto politólogo.

Lo que conviene a Jerusalén, aduce, es tener mucha menos visibilidad. Un perfil internacional mucho más frío, mucho más bajo. Y a Estados Unidos le conviene tener las manos mucho más libres para tratar con Irán, Arabia Saudita, etc.

¿Y si lo que propone este maquiavélico redomado, según él mismo se presenta, es que Washington y Tel Aviv simulen un divorcio de cara a la galería, algo que vacíe de carga simbólica el eterno conflicto, transformando la ayuda norteamericana a Israel en algo menos apabullante y cuantitativo, más cualitativo y más sutil?

¿Y si el hijo de supervivientes del Holocausto ha encontrado la horma del zapato que todo el mundo estaba buscando, la piedra en la frente de Goliat, haciendo como que pasaba por ahí y haciéndose el cínico?

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