La ruta mexicana del consuelo

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La ruta mexicana del consuelo

180 organizaciones viajan en la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad por los puntos más violentos del país encontrándose con las víctimas de la guerra contra el narcotráfico.

Vamos con ellos, escuchando, viendo cómo comparten su dolor y, en muchos casos, son escuchados, compadecidos, acompañados en su duelo por primera vez.

    “Si un día amanezco muerta, gracias porque me voy con mis hijos”, espetó desgarradamente Bibian Echevarría desde la plaza principal de Durango, al norte de México. Sus tres hijos, Luis, Hugo y Miguel, de 27, 22 y 20 años, salieron a divertirse y  fueron asesinados. La única explicación: “Señora, disculpe, sus hijos eran buenos, fue una confusión”.

     Una “confusión” que permanece en la impunidad, a la sombra de la guerra contra el narco implementada por el presidente Felipe Calderón que ya ha acabado con más de 40.000 personas, desde 2007, la mayoría de la edad de Luis, Hugo y Miguel.

    Bibian Martínez y Javier Sicilia lloraron por sus muertos y por el dolor de cada uno de los familiares que se congregaron el lunes en Durango para apoyar la Caravana. Raúl Ibáñez

    Así, las palabras de Bibian se suman a decenas de testimonios de padres, hijos, hermanos, amigos o compañeros asesinados y desaparecidos, que, como un rosario interminable de horror y muerte se descubren al paso de la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad, una iniciativa impulsada por una red de 180 organizaciones sociales con el propósito de concienciar a la sociedad y poner fin a la violencia que tiene aterrorizada a gran parte del país.

    Para ello 14 autobuses y 25 coches, salieron el sábado de Cuernavaca, capital del estado de Morelos, donde el 28 de marzo fue asesinado, junto a seis amigos, Juan Francisco Sicilia, el hijo del poeta Javier Sicilia. El sentir de este padre ha cristalizado el dolor de toda una sociedad herida y después de dos meses de movilizaciones locales, se ha canalizado en un peregrinaje por los estados más golpeados por la violencia en el que se intenta visibilizar todas estas atrocidades, frecuentemente opacadas por el miedo a denunciar, a ser perseguido, señalado, estigmatizado.

    Así, la ruta del miedo, se ha convertido en la del “consuelo”, como la bautizó Sicilia. “Esta guerra, el crimen, nuestros gobernantes, nos fracturaron, nos llevaron al silencio, a la desunión. Pero esta caravana que nace del dolor, de los agravios, de los muertos y que está reuniendo a muchas víctimas, esta caravana habla del consuelo, de estar con la soledad del otro”, expresó el poeta, que pretende reunir a la sociedad para que sea ella misma quien se organice contra el crimen.

    Por ello, la Caravana llegará el jueves 9, a Ciudad Juárez, la urbe más dolorida del país. Allí se discutirá y firmará un pacto ciudadano que establece seis puntos fundamentales para sacar al Ejército de las calles, acabar con la impunidad y la corrupción, rescatar la memoria de las víctimas, dar oportunidades a los jóvenes, fortalecer la democracia y reconstruir el tejido social.

    A sus 6 años Francisco Fernando Rodríguez sabe que su padre ha sido asesinado por los narcos. Raúl Ibáñez

    Pero en un país donde la sombra de la sospecha recae sobre los muertos, donde el miedo es la manera de acallar la desesperación, el primer paso es que las víctimas se desahoguen y se reconozcan.

    Así, al testimonio de los familiares de víctimas que integran el comboy, se suman decenas de personas que quieren que se escuche sus dramas, cada vez más intensos en cuanto se avanza hacia el norte. El lunes, en Durango, el primer estado norteño al que llega la caravana, un niño de seis años acudió con su madre a recibir a Sicilia.

    Aguantaron las cinco horas de retraso, hasta las 9 de la noche, parados en una camioneta en medio de una ciudad donde habitualmente la gente no sale de sus casas cuando anochece. Francisco Fernando Rodríguez llevaba la foto de su padre, de quien trae el nombre. Fue asesinado a balazos.

    En las escuelas de esta ciudad, los niños de la edad de Francisco Fernando aprenden a tirarse al suelo si hay un tiroteo, saben si les sigue una camioneta y hablan entre sí de los muertos desenterrados en las narcofosas cada semana. Doscientos veintiocho cadáveres desde abril a junio según las cifras oficiales. Según los periodistas locales, muchos más. De todos ellos solo uno ha sido identificado hasta ahora, pero al servicio forense se presentaron decenas de familiares en busca de respuestas.

    Diana Jacobo fue una de ellas. Busca a su marido, Abraham Salazar, secuestrado por la policía estatal el pasado 1 de abril. Según un testigo presencial, los agentes lo detuvieron en un retén policial dentro de la ciudad, lo golpearon y se lo llevaron.

    Abraham no tenía órden de búsqueda, tampoco fue presentado públicamente, nadie pidió rescate por él, simplemente lo desaparecieron. Ahora, Diana participó en la caravana con la esperanza que sirva para que su esposo regrese. La acompañan sus dos hijos y varios taxistas compañeros de su marido. Todos coinciden en que la policía está compinchada con los criminales y que los mismos agentes roban, extorsionan y agreden.

    Pero en esta guerra, como en todas, no hay un bando bueno y otro malo. A la caravana también acuden familiares de policías, fallecidos o desaparecidos en este goteo de sangre. Como Ofelia Castillo, cuyo hijo, Edgar Humberto Quesada, policía municipal en Calera, Zacatecas, está desaparecido desde hace un año. El 13 de julio del año pasado, Edgar le tocó guardia. A las 4 de la madrugada hablaba con su esposa por teléfono cuando le dijo que debía colgar porque entraron “unas personas”. Nunca más volvió a contestar el telefóno.

    Cuando se hizo la hora del regreso su esposa llamó a la comisaría y le dijeron que estaba en un curso. Hasta en la tarde, un compañero le confesó a su esposa, en privado, que lo habrían secuestrado los Zetas y que la policía no iba a hacer nada. De hecho, Ofelia, estuvo pidiendo explicaciones a los jefes de su hijo y ni siquiera le contestaron el teléfono.

    El fiscal, descaradamente le espetó: “no se preocupe, debe estar trabajando con ellos y ganará un buen dinero”. Ofelia quiere saber pero ya no se atreve a preguntar más. Tiene miedo. Su mismo esposo no quería que fuese a encontrar a la caravana Zacatecas pero ella decidió hacerlo sola. Por su hijo, y por los dos nietos, de 15 y 8 años, que se han quedado prácticamente huérfanos.

    Ofelia Medina muestra las fotos de su hijo, desaparecido en la misma comisaría local de Calera, Zacatecas. Raúl Ibañez

    Como Francisco, como tantos otros niños, como los cinco nietos de María Herrera.

    Esta michoacanense tiene cuatro hijos desaparecidos. Cada noche imagina su cara, a la espera de volverlos a ver, aunque sabe que será difícil. Los dos primeros en desaparecer fueron Raúl y Jesús Trujillo Herrera, vistos por última vez en agosto de 2008 en el estado de Guerrero, donde fueron a comprar oro, para venderlo posteriormente en su pueblo, Pajuacarán.

    La compra y venta de alajas es la mayor fuente de trabajo en el lugar, pero para conseguirlo tienen que viajar por todo el país, enfrentarse a carreteras y pueblos donde la única ley que impera es la del crimen.

    Así, dos años después, en septiembre del 2010, desaparecieron Gustavo y Luis Armando, camino de Veracruz. La familia de María los ha buscado por todos lados, lo ha denunciado ante las diferentes autoridades, pero no solo no le han dado respuestas, sino que han obstaculizado las investigaciones. Sin embargo, María no se deja vencer.

    En su comunidad hay otros 15 jóvenes desaparecidos mientras trabajaban en la compra-venta de oro.  “Hoy son ellos, pero mañana puedes ser tú y hay que evitarlo, tenemos que apoyarnos mutuamente”, aseveró María conmovida, en la misma plaza de Morelia –la capital del estado- donde en 2008 murieron 8 personas por la explosión de granadas en un festejo popular a manos del narcotráfico.

    Centenares de personas se reunieron al paso de la Caravana por la plaza de Morelia, la misma donde hace dos años murieron 8 personas víctimas del primer ataque terrorista de los narcotraficantes. Raúl Ibáñez

    “Andamos entre rastrojos de difuntos y la muerte de ellos nos duele más que nuestra propia vida, y yo le pregundo a Calderón, ¿son eso bajas colaterales?” exclamó Sicilia ante la emoción de centenares de duranguenses que desafiaron por un día el toque de queda implícito cada vez que cae el sol. Ante ello abogó por una exigencia unitaria de justicia y “si es necesario ir al boicot, ir a la desobediencia civil, hasta cambiar las instituciones”.

    En este sentido, propuso como ejemplo la lucha de Cheran, una comunidad indígena purépecha, del estado de Michoacán que después de varios años de hostigamientos de grupos criminales pagados por los talamontes que están acabando con sus bosques, decidieron cerrar todos los accesos a la comunidad con barricadas y fogatas.

    Mientras, avanzan en su proyecto de autonomía según los usos y costumbres de los pueblos originarios mexicanos. “El ‘Ya Basta’ para nosotros significa reflexión, organización, encuentro, unión, conciencia”, expresó el comunero de Cherán.

    Y esa reflexión y organización se está dando en el sino de la caravana. Las voces entrecortadas y las miradas empañadas se funden en abrazos entre ellas y sus gritos ahogados se canalizan en uno solo: ‘Alto a la violencia’.

    Para ello, más allá de los eventos en cada ciudad, los viajeros intercambian experiencias y discuten las propuestas del pacto, en los trayectos, en los descansos, en las comidas.

    El trabajo más profundo se hará en Ciudad Juárez pero en ese momento ya llevarán casi 3.000 kilómetros recorridos en esta ruta de dolor y esperanzas.

     De momento falta visitar Saltillo, en el estado de Coahuila –donde también se han desenterrado decenas de cadáveres de narcofosas-, Monterrey, la segunda ciudad más importante del país que desde hace meses se ha convertido en una trinchera, y Chihuahua, la capital del estado donde se ubica Juárez. Allí, irán hasta las puertas del palacio de gobierno donde, en diciembre pasado, asesinaron la activista Marisela Escobedo que exigía justicia por el feminicidio de su hija, a recordarlas, a denunciar sus muertes y a señalar a los responsables de tanto dolor.

    Así, de ciudad en ciudad, van desarmando la malla de silencio que perpetua la corrupción, la violencia y la impunidad.

    “¿Qué pasaría si se hiciera esto en todas las cuadras de cada barrio, en todos los barrios de cada ciudad, en todo el estado, y en todo el país?

    ¿En dónde se esconderían los criminales de México?”, propuso a la multitud Julián Le Barón, un ranchero de Chihuahua cuyo hermano, Benjamín, fue asesinado después de encabezar un movimiento ciudadano que consiguió liberar al más pequeño de la familia, secuestrado por los narcos.

    La sugerencia acalló a los escépticos.

     

     

     

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