Los indignados de Israel

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Los indignados de Israel

Jóvenes llegados de varias ciudades de Israel han tomado las calles. Protestan por los precios de la vivienda, de la gasolina y los productos básicos. Se inspiran, dicen, en las revueltas de sus vecinos árabes

ANA GARRALDA | Jerusalén  21/07/2011

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"Gente de Israel, vosotros que estáis hoy reunidos en las plazas de vuestras ciudades. Este es un mensaje de esperanza y de solidaridad desde el movimiento 15-M en España" Así dice una de las indignadas del movimiento 15-M en el video que la plataforma ha enviado a los jóvenes israelíes que llevan días acampados en ciudades como Jerusalén, Tel Aviv, Beersheva, Jerusalén o Kfar Saba. Sus reivindicaciones: acceso a una vivienda digna, la bajada de precios en bienes de consumo básico.

"No podemos alquilar casas a los precios que hay actualmente. La mayoría están en manos de los ricos" dice Rona, acampada en una de las tiendas que varias decenas de jóvenes han montado en la puerta de Jaffa, a las puertas de la Ciudad Vieja de Jerusalén. "Esto va más allá de izquierdas o derechas, todos compartimos los mismos problemas", añade Dafni Leef, una de las organizadoras de las protestas a través de facebook, que ya prepara una macromanifestación en Tel Aviv para el próximo sábado.

La mayoría de los indignados son estudiantes universitarios y jóvenes profesionales de la clase media que no pueden adquirir una vivienda en sus ciudades de trabajo, como Tel Aviv o Jerusalén porque los precios se han disparado en los últimos tres años. Muchas de estas residencias están ocupadas de forma "fantasmagórica" por judíos no residentes en el país, la mayoría norteamericanos y franceses de alto poder adquisitivo, que sólo las ocupan esporádicamente para las vacaciones de verano; otros, las adquieren como inversión y las cierran a cal y canto.

"Ellos vienen muy poco pero somos nosotros los que pagamos los impuestos", asegura Eyal, un joven arquitecto que ha trasladado su vivienda a las afueras porque, asegura, no puede pagar una casa en Jerusalén. En esta ciudad abundan las calles en obras con carteles de "se venden pisos de lujo". Los retales inmobiliarios son casi siempre casas viejas y mal restauradas adonde los jóvenes israelíes se mudan criados bajo la filosofía nacional de "los comienzos son difíciles pero forjan tu personalidad".

Sin embargo, algo se mueve. Nadie imaginaba hace un mes y medio cuando se convocó a través de facebook un boicot al requesón - un producto básico en la cocina local y cuyo precio se incrementó cerca del 70% - que la presión social forzaría a las empresas distribuidoras a bajarlo un 25%. "Ese fue el germen de las protestas", explica Eyal. Hoy es una mera anécdota en un movimiento que exige reformas profundas en el sistema financiero israelí inspirado, dice, en los vecinos árabes. "Se nos dice que somos un referente para los árabes pero hoy es al contrario, son nuestro aliento", añade.

Reacción del Ejecutivo

El gobierno de Netanyahu actuó con rapidez cuando empezaban a verse las primeras tiendas en Jaffa el fin de semana pasado. El Primer Ministro convocó de urgencia el lunes a su gabinete y aseguró ser consciente de la crisis inmobiliaria. "Somos un país pequeño pero hay mucha demanda de viviendas y no hay suficientes para todos" dijo. La madrugada del jueves se reunió de nuevo pero, una vez más, sin resultados concretos.

A la propuesta de construir entre 20.000 y 30.000 viviendas a principios de semana se le unió el rechazo frontal de su propio Ministro de Economía, Yuval Steinitz, muy crítico con el movimiento de protesta israelí y firme defensor de la fortaleza económica del país, que aseguró que esa solución resultaría demasiado cara y abogó por un aumento de las importaciones de productos básicos como la leche para bajar los precios.

"¡Menuda solución la de importar más!, él puede decirlo con su sueldo y desde su propia casa", cuenta Anat, otra indignada de Jaffa. La brecha entre los pobres y los ricos israelíes crece, de acuerdo a las estadísticas de la población que vive bajo el umbral de la pobreza. Muchos de los más desfavorecidos son las familias numerosas de los religiosos ultraortodoxos, que dicen apoyar las protestas pero sin estar presentes.

elpais

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