El desmoronamiento de la educación europea
La educación europea se encuentra inmersa en una de las mayores encrucijadas de su historia: se ve sometida a un recorte presupuestario que, dependiendo del país, puede llegar hasta cotas cercanas al 20% (son notorias las diversas medidas reductivas que han adoptado los gobiernos británico, francés, así como los ajustes que se están preparando para el sistema educativo español).
De esta manera, nos hallamos en un contexto enormemente problemático: eliminación de las sustituciones por baja de los docentes en la enseñanza pública española, ingente incremento de las tasas de matriculación universitaria, con Gran Bretaña y Francia a la cabeza, aumento desproporcionado del precio de los créditos repetidos en ciertas comunidades españolas… constituyen una constelación educativa que debe ser calificada sin ambages de preocupante.
A todas estas medidas, cabe señalar el creciente número de jóvenes que se encuentran en una situación de carencia de empleo (en España la tasa de paro juvenil supera el 40%). Expresado en otros términos, una titulación universitaria ya no se erige en una garantía para poder encuadrarse posteriormente en el mercado laboral.
No obstante, y completamente ajena a esta situación educativa, se observa como el sector bancario de los diferentes países europeos, se han visto -y se ven- rescatados de su paupérrima gestión, gracias a la bondad de los diversos Estados.
Si en la educación todo son recortes y excusas, el sector bancario observa como recibe una ingente cantidad de capital público para poder perpetuar su dominio y su nefasta gestión (tanto el Banco Central Estadounidense como el Europeo ya han confirmado un aumento de las tasas de interés, lo que afectarán a todos los ámbitos de la economía mundial –desde la microeconomía hasta las estructuras macroeconómicas).
Esta gestión política comete un enorme número de errores, así como se olvida de varias cuestiones fundamentales. En primer término, si una empresa quiebra, por llevar a cabo una nefasta gestión, es de justicia que se desintegre –o bien para reconstituirse ulteriormente o bien para desaparecer-.
Este fenómeno era denominado en la mitología griega como justicia poética: tienes lo que te mereces, decían Hesíodo y Homero. Ahora bien, parece ser que la lógica de la justicia poética se ha invertido para el sector bancario: tiene lo que no se merece (es decir, como premio de una lamentable gestión, caracterizada por la especulación constante y la estafa perpetua bajo la mascarada de tasas de interés, se le obsequia con grandes cantidades de dinero de todos los contribuyentes del país).
En segundo lugar, el dinero inyectado para reavivar el sector bancario –o mejor expresado, para reanimar la especulación bancaria-, y, por consiguiente, volver a iniciar la partida que nos condujo a esta situación de quiebra económica, provoca un reajuste de todos los sectores de los diversos países –reajuste, en este contexto, debe entenderse como un eufemismo de “recortes”-. Expresado en otras palabras, el capital público destinado a cubrir las necesidades de los diversos sectores, en general, y, en particular, del educativo, es destinado a saciar la necesidad de reanimación de la economía bancaria.
En tercer y definitivo lugar, se olvida el papel formativo de la educación en el seno de la sociedad: El colegio, instituto, la universidad…son espacios públicos de formación de sujetos –es decir, de aprendizaje de unos valores, de unas actitudes, de unas determinadas maneras de afrontar la realidad…-. Formación –que no adoctrinamiento- de los futuros sujetos de la historia.
Por consiguiente, las diversas políticas llevadas a cabo en Europa tienen la finalidad de canjear la formación por la especulación, la educación por la estafa.
Ante esta situación, ¿cómo poder salir de esta lamentable situación de crisis global si se están sentando las bases para volver a la misma situación anterior al 2008? ¿cómo solventar una situación si los responsables no pagan sus consecuencias y, aquellos que las sufren, son los sujetos que deben llevar a cabo el próximo relevo generacional?
Oriol Alonso Cano / Filósofo