LIBIA: QUIEN MANDA Y PARA QUÉ
Mientras la OTAN como institución veía atónita lo que sucedía, París se salía el miércoles con la suya y el protagonismo diplomático del presidente Sarkozy, sobreactuando un poco, conseguía medio encarrilar la polémica embrionaria, pero inquietante, de quién manda en la operación multinacional en Libia: el martes, en Londres, se celebrará la primera reunión del llamado “Grupo de Contacto” ideado por franceses y británicos y en el que estarán quienes lo deseen de la teórica cuarentena de Estados formalmente asociados en el empeño.
Tal cuarentena es la suma, de trazo grueso, de la UE, los Estados Unidos, la Liga Arabe y la Unión Africana, más o menos vinculados a la intervención internacional contra el régimen de Muamar al-Gaddafi en Libia en cuanto que asistentes o representados en la “cumbre” variopinta (por varias razones, entre ellas el muy distinto nivel protocolario y político de los allí presentes) del sábado 19 en París. Sobra decir que muchos de ellos fueron, almorzaron y se volvieron a casa para decir que, en realidad, no tomarían parte materialmente en el esfuerzo, por ejemplo, el ministro jordano de Exteriores, Judeh Nasser.
El nombre escogido tiene un precedente balcánico que no invita metafóricamente al optimismo: “Grupo de Contacto” se llamó también el directorio político que bajo la férrea autoridad del enviado especial norteamericano Richard Holbrooke, recientemente fallecido, impuso a la guerra en Bosnia-Herzegovina la solución que se sabe. Pero ahí terminan las comparaciones: ahora se trata más bien de lo contrario, de cómo organizarlo todo cuando Washington ha hecho saber con una claridad casi descortés que tienen mucha prisa en dejar la dirección operacional y política de la misión y que entiende hacerlo “en días, no en semanas”.
LAS VACACIONES DE WASHINGTON
A decir verdad no está clara la conducta norteamericana, que ha tenido desde el principio la oposición del Pentágono y habría obtenido solo en última instancia el visto bueno del presidente Obama, muy reticente, tras la ofensiva de la Secretaria de Estado Clinton, la embajadora en la ONU, Susan Rice y Samantha Power, su consejera, tres mujeres, pues, que se movieron activamente hasta lograr no solo que pasara en la ONU la redacción de la resolución 1973 el 17 de marzo, sino que incluyera el par de líneas que la hicieron decisiva: la autorización para tomar eventualmente “todas las medidas necesarias para alcanzar los objetivos previstos”… que, oficialmente, se reducen a uno general: proteger a los civiles inermes de la furia del designado tirano Gaddafi.
Pero lo cierto es que un sentimiento de decepción, para decirlo suavemente, impregna la gestión de la crisis solo unos ocho días después de que el Consejo autorizara el empleo de la fuerza. La decepción estriba en que la intervención militar amparada por la resolución no resultó inmediatamente suficiente y la situación sobre el terreno apenas cambió, salvo en impedir la que parecía inminente reconquista de Bengazi por el ejército libio. Además, la intervención de la fuerza aérea, y este es otro factor de la decepción, no consiguió alterar ciertas lealtades.
Es verdad que el ejército libio es distinto, no tiene una tradición sólida ni mandos independientes y compite con los organismos de seguridad de base tribal y clientelar y, sobre todo, con la fuerza de élite de la guardia presidencial, oficialmente la escolta de Gaddafi y, de hecho, equivalente a lo que, por ejemplo, en el Iraq de Saddam Hussein, era la “Guardia Republicana”. Técnicamente, pues, y parece una contradicción, la ausencia de un ejército de línea en marcha sobre Bengazi y que habría sido destruido por la fuerza aérea ha complicado las cosas a la coalición: no hay enemigo a la vista y, por tanto, no hay posibilidad de entablar una batalla, ganarla y entrar en Trípoli. No hay infantería ni vehículos a los que subir a unos pocos exiliados libios acarreados para la ocasión ni se podrá derribar una estatua de Gaddafi.
LA OTAN, AL RESCATE
Como era implanteable que Francia asumiera por su cuenta la dirección política de las operaciones y corría prisa, París y Londres (Alain Juppé y su colega británico de Exteriores, William Hague) han inventado un directorio “ad hoc” al que el ministro francés bautizó como “Grupo de Contacto” y al que puede adherirse quien lo desee. Washington hará, en teoría, lo que se le mande en un grupo donde será uno más y no el principal o el indispensable. Todo esto, además, tras dejar claro el propio Obama que desea ejecutar una operación “corta, de semanas, no meses” y dejar decir a su Secretario de Defensa, Robert Gates, que “la misión no entiende ayudar a una fuerza de oposición” (….) sino proteger a los ya famosos “civiles” y fomentar un diálogo nacional mientras su jefe de operaciones, Carter Ham, precisaba aún más: “no tenemos contacto alguna con ninguna autoproclamada oposición enfrentada con las fuerzas de tierra del régimen”.
Por si fuera poco, y como reveló el “New York Times”, el consejero del presidente Obama para la lucha anti-terrorista, John O. Brennan, hizo constar en las reuniones del equipo presidencial de seguridad previas al ataque que “el gobierno norteamericano apenas sabe nada de los rebeldes libios”. En efecto, su gesta en Bengazi y la apariencia de un músculo militar capaz de poner en apuros al régimen gaddafiano, les dieron un aura que indujo a lo que ahora parece una evaluación equivocada: la esperanza de que pudieran llegar a Trípoli triunfadores incluso bajo un cielo limpio de aviones enemigos. Todo esto parece acercar el conflicto a un prolongado empate técnico sobre el terreno.
Así las cosas, con Washington apremiando para dejar el primer papel, alguien se acordó de la OTAN. El escenario descrito ya en París (que sigue llevando la batuta de la comunicación) es que la Alianza ejecutará las operaciones, pero no como tal, sino a título instrumental (porque algunos socios de la misma no quieren verse descritos como intervinientes en un país árabe, Italia en cabeza) mientras el nuevo y flamante “Grupo de Contacto” es el líder político. Barroca en su aparente sencillez, visible expresión de un acuerdo solo formal y externo, la fórmula no entusiasma a casi nadie, cuartea a la Organización y perjudicará al conjunto. Es como si Juppé, un gran veterano, lo supiera y estuviera preparando el inmediato porvenir cuando anunció también que “Francia encabezó la acción militar y ahora tomará la iniciativa de lanzar muy pronto una iniciativa de un diálogo político”. Vivir para ver…
Enrique Vázquez
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